El pasado mes de febrero, tras permanecer por lo menos 14
siglos oculta, se presentaba en sociedad una figura de Huehuetéotl, el Dios del
Fuego, hallada nada menos que en lo alto de la Pirámide del Sol, en el complejo
de Teotihuacán, una de las grandes referencias arqueológicas (y turísticas) de
México y de todo el continente americano. La escultura, de 61 centímetros y
casi 190 kilos, es la de un anciano sentado en posición de flor de loto, con
las manos en las rodillas, moño, tocado, y coronado por un brasero. El hallazgo
despertó un enorme interés entre la comunidad arqueológica. Primero por la
cantidad de elementos extraños a su civilización que presentaba, aunque eso
puede explicarse porque la ciudad, como Manhattan con su Little Italy o su
Chinatown, también acogía a otras colectividades. Pero intrigó sobre todo a los
estudiosos porque representara al fuego en un lugar que generalmente se cree
dedicado a la lluvia. Y se abrió el debate ¿Cambia su descubrimiento el
significado que le dábamos a la pirámide?
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